UANDO en agosto de 1976 el
pianista uruguayo Humberto Quagliata vino a España para asistir en
Santiago a los Cursos de Música en Compostela, acababa de cumplir 21
años: había nacido en Montevideo el 16 de julio de 1955. Sin embargo
ya podía presentar una trayectoria de varios años de notable
carrera juvenil en Sudamérica: a los 18 años había alcanzado la
máxima titulación en la especialidad de Piano, un año antes había
ganado el primer premio de la especialidad en el Concurso de
Juventudes Musicales; había dado conciertos a solo y en formaciones camerísticas, había iniciado su actividad docente y había actuado
para emisoras de radio y TV. Precisamente su debut se había
producido en la RTV uruguaya cuando contaba diez años de edad.
Sin embargo un artista joven, cuando aúna ilusiones y ambición,
cuando no se conforma con tener como techo aquél bajo el cual se ha
formado, está condenado a pasar bastantes años iniciando su carrera.
Busca el ámbito físico y artístico para la expansión de su
actividad, se busca a sí mismo. Así, iniciando, buscando,
buscándose, vino Quagliata a Santiago de Compostela. Su formación en
Uruguay había sido sólida. Fue alumno de Delia Martini, Hugo Balzo,
Nybia Mariño y Fanny Ingold. Como es característico de los buenos
alumnos en cualquier disciplina, tiempo y lugar, Quagliata no se
limitó a aprender la manera de mejor dar las notas, sino que buceó
en la propia experiencia de sus maestros. Nybia Mariño le transmitía
la que había acumulado en su contacto con Claudio Arrau, como éste
le hablaría a ella de su maestro Martín Krause, y éste le
transmitiera a Arrau su experiencia junto al gran Franz Liszt. Por
su parte, Hugo Balzo había conocido personalmente y trabajado con
compositores como Khachaturian, Ravel, Stravinsky, Falla y Casella,
con el director Erich Kleiber, con maestros del teclado como Wanda
Landowska, Robert Casadesus, Alfred Cortot, Marguerite Long y los
españoles Ricardo Viñes y José Iturbi. Aquel bagaje impresionaba al
joven Quagliata, a la postre músico además y antes que alumno de
piano. Maestros de sus maestros, bien en Europa o bien en clases
magistrales dadas a sus pasos por Montevideo o Buenos Aires, habían
sido también Arthur Rubinstein, Marcel Ciampi, Ives Nat, Lazare Lévy
y Edwing Fischer.
Bien aprendida esta lección que sólo llega a los escogidos, Humberto
Quagliata no llegó a Música en Compostela solamente para dejarse
llevar por lo que contaran en clase, de su música o del piano, los
maestros Rodolfo Halffter y Federico Mompou. Se propuso profundizar
en la inmensa experiencia musical que albergaban ambos, y muy en
especial Mompou, por cuya música sentía y siente nuestro intérprete
una especialísima fascinación. Su maestro Balzo, sin estar allí,
ayudó a Quagliata a establecer el contacto personal, pues Balzo y
Mompou habían mantenido gran amistad cuando coincidieron en París en
sus años mozos, por añadidura, Hugo Balzo fue el primer pianista en
interpretar la música de Mompou en la América Latina. Tras el
contacto, vendría la amistad con la que el viejo maestro catalán
enriqueció al joven pianista uruguayo. Ella dará calor a los
conciertos que Quagliata tiene comprometidos para 1993, año del
centenario de Mompou, y en los que ofrecerá su música en Londres,
Berlín, Viena, Tel Aviv, Sidney, Pekín, Tokyo, Buenos Aires y Nueva
York.
Entramos así en una de las características más notables que
configuran la personalidad de Humberto Quagliata. Si sus
interpretaciones son cordiales, entregadas, apasionadas, es porque
cordial, entregada y apasionada es su relación con la música y con
los músicos. Oír hablar a Quagliata del tema melódico de las 'Jeunes
filles au jardin', de Mompou, o de cómo enseñaba Balzo o de aquel
concierto que escuchó a Arrau, es prácticamente un espectáculo de
afecto y gratitud desbordados. Recuerdo una ocasión, en Las Palmas,
en que me ofrecí a presentarle al hijo del pianista José Cubiles: no
cabe imaginar una reacción más cordial si, en lugar de Cubiles, se
hubiera tratado de un antepasado suyo, un viejo y querido familiar
al que nunca hubiera podido conocer personalmente; el estreno de las
'Noches en los Jardines de España' parecía formar parte de su propia
existencia … Es fácil imaginar con qué grado de franca admiración,
de casi veneración hacia sus personas, se acercaría Quagliata a
artistas, como Mompou, en el último tramo de su gloriosa existencia:
Andrés Segovia, Ernesto Halffter, Federico Moreno Torroba …, todos
los cuales le han distinguido con su amistad, o a otros en la
plenitud de su madurez, como Alicia de Larrocha o Nikita Magaloff.
La otra característica definitoria de Quagliata está indisolublemente
ligada a la anterior: es su dedicación a la música contemporánea,
muy especialmente a la española. Quagliata, desde su adolescencia,
sintió atracción por España y por la música española que desde allí
pudo conocer. Una vez aquí, el contacto con partituras y sobre todo,
el contacto personal con los músicos fueron perfilando una intensa
dedicación profesional. Sin embargo, también para esta operación
venía Quagliata de su tierra especialmente preparado. El cuenta, y
así es, que durante su carrera de estudiante mantuvo relación
permanente con los estudiantes de Composición y se prestó con
frecuencia a estudiar y presentar lo que aquellos escribían para
piano. Una vez más, la enseñanza de Hugo Balzo iba a influir
decisivamente, pues no sólo animaba a sus discípulos en esta
dirección sino que había predicado con el ejemplo: él fue quien
estrenó en París las 3 Danzas Argentinas que acababa de escribir, a
sus 21 años de edad, un joven compositor que, años después,
reconocería el papel de aquel concierto en el arranque de su
reconocimiento en Europa. El joven compositor se llamaba Alberto
Ginastera.
Así se configuró, durante los años ochenta, la línea de actuación
del pianista uruguayo. Su carrera internacional le lleva
regularmente a importantes escenarios de todo el mundo, a razón de
aproximadamente un centenar de conciertos al año. El Carnegie Hall y
el Auditorio de la ONU en Nueva York, el Hall de las Américas de
Washington, el Teatro Colón de Buenos Aires, el Teatro Nacional de
Brasilia, la Pinacoteca Virreinal de México, el Chuo Kaikan Hall de
Tokyo, el Teatro de los Campos Elíseos de París, la Suisse Romande
de Ginebra, la Fundación Gulbenkian de Lisboa, las Filarmónicas de
Leningrado y de Sofía, la Asociación de Compositores de Moscú, el
centro de Arte Contemporánea de Varsovia, la Academa Chigiana de
Siena, el Castel Sant’Angelo de Roma, más los españoles, más los
centros de enseñanza donde toca e imparte cursos especializados, más
emisoras de RTV americanas, europeas y orientales, han conocido
actuaciones de Quagliata en las que sistemáticamente se difunde
música pianística española, desde la postromántica hasta el
mismísimo hoy, pasando por la etapa nacionalista de los primeros
lustros de siglo. Quagliata es destinatario de un buen número de
partituras que los compositores españoles le han dedicado: desde el
veterano Moreno Torroba -quien le dedicó su última composición, un
concierto para piano y orquesta titulado 'Fantasía Castellana', que Quagliata estrenó en el Teatro Real, con la Orquesta Nacional de
España dirigida por García Navarro, el 21 de enero de 1983- hasta
autores jóvenes de carrera incipiente pasando por Tomás Marco, de
cuya obra pianística es Quagliata avezado y frecuente intérprete.
Una grabación de Quagliata que reúne obras pianísticas a él
dedicadas por Miguel Alonso, Ramón Barce, Francisco Cano, Tomás
Marco, Alfredo Aracil, Manuel Balboa y Daniel Stéfani, publicada con
el título de “Piano español contemporáneo”, quedará como el primer
Compact Disc aparecido con música española contemporánea, esa
materia por la cual, según ha escrito Tomás Marco, el uruguayo
Humberto Quagliata ha hecho “más que la mayoría de los pianistas
españoles juntos”.
JOSE LUIS GARCIA DEL BUSTO (*)
Madrid, agosto 1991.
(*) José Luis García del Busto es crítico musical y
Director adjunto del Centro para la Difusión de la Música
Contemporánea del Ministerio de Cultura de España.
